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La historia marchita

Luis Carlos López Ulloa

December 8, 2022

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El presidente López había enloquecido. Luego de prometer un paraíso con base en el petróleo, sus sueños no pudieron concretarse porque la realidad lo golpeó. Luego comenzaron los pleitos con todos aquellos que no compartían “su visión”.

Como no le fue suficiente para demostrar su gallardía y su supuesto poder, entonces peleaba y criticaba al gobierno de los Estados Unidos y a su presidente de origen demócrata. La que había sido una relación cordial estaba en un punto muerto, con vecinos que se ignoran y no se toman en cuenta a pesar de los lazos de cercanía y amistad.

A fin de vanagloriarse y restablecer un poco su ego lastimado, y con el afán incesante de mostrar músculo frente a sus opositores, pidió al partido que convocara a sus sectores para reunirse en la plancha del Zócalo, ese espacio que tantas veces había pisado y lo había llenado a tope. El espacio santificado por la presidencia imperial como termómetro del humor nacional.

Vinieron entonces las imágenes de la ciudad de México inundada con vítores aclamando la valentía y la generosidad del presidente, sobre todo con los menos favorecidos, a quienes había prometido cuidar. En su alucinación, el hombre se había fundido en uno con el pueblo, su pueblo. La maquinaria del acarreo funcionó a la perfección y dio imágenes para la posteridad propias del populismo.

Cuando ya no pudo más, cuando se le habían acabado las fichas para apostar, entonces puso todo su esfuerzo en buscar un culpable de la desgracia nacional que él mismo había provocado por sus afanes de trascender a la historia.

Señaló como culpables a los empresarios, a los ricachones, a esos que se han negado a aceptar entrar en su República. Y entonces, en su último acto de gobierno declaró la nacionalización de la banca, para cobrar venganza de los saqueadores. Y en una frase -que dijo lloroso- marcó su paso a la historia: “ya nos saquearon, México no se ha acabado, no nos volverán a saquear”. La fecha es 1 de septiembre de 1982.

Y aunque a los populistas de hoy no les gusta recordar esa historia, después de esa decisión México tuvo que abrirse al mundo, reformar su economía, y firmamos un Tratado de Libre de Comercio que nos puso al día y que, en gran medida nos dio buenos frutos. Y, por si fuera poco, nos encaminó a la modernidad, y en ella le fuimos quitando poder al hiperpresidencialismo, hasta lograr en muchos momentos acotarlo.

Aunque no se aprecia en su justa dimensión, no es un hecho menor porque México se volvió un país más ciudadanizado y democrático (aunque no perfecto). En contraste con este avance -parcial si usted quiere- le ofrecen regresarlo a ese viejo México supuestamente idílico.

¿Pensaba usted que me iba a referir a la marcha pagada con recursos públicos que se hizo para que el que hoy cobra como presidente no se sintiera tan mal de su ego al verse exhibido por la marcha ciudadana del 13 de noviembre?

No, ya es hora de trascender a ese señor y construir el país del futuro.

Hay que apurarnos porque el tiempo se nos está terminando.

Si hace 40 años el nacionalismo revolucionario terminó en un teatro el 1 de septiembre, lo de hoy será una tragedia si no exorcizamos los fantasmas del viejo PRI que rondan en Palacio Nacional.

Ya es hora.

Luis Carlos López Ulloa

Nació en Sinaloa y reside en Tijuana, Baja California desde 1989. Es Profesor universitario e investigador. Tiene varias publicaciones en revistas arbitradas a nivel nacional e internacional. Entre sus libros destacan: Cómo nos ven. Coincidencias y diferencias entre los actores políticos de la alternancia en Baja California (2016) y Ruffo. Confesiones y conversaciones con el primer gobernador de oposición en la alternancia mexicana (2020).

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